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Una infancia sin juguete, un baño sin calefón

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Pablo Moledo

El negro Quique, del grupo de cucaracha Sánchez y los gansos entre otros, era enormemente reconocido por sus habilidades de percusión y especialmente por su fina destreza con la batería. En el barrio Parque La Gloria, donde había llevado gran parte de su vida, dicen los buenos amigos que su pacto lamentablemente ineludible con el diablo de la miseria, por su realidad social, salió redondo. Él quedo con lo que quería, su amor a la batería. Al diablo le salió barato.

El negro era un hombre respetado por su sabiduría, sus silencios marcaban la diferencia. No  alardeaba con nada, vivía con lo que tenía puesto y cuando hablaba sus palabras eran precisas como reloj suizo. Claro que al hombre le gustaba tomar en demasía porque sentía en esos largos tragos de vino que la vida medianamente se ajustaba, volvía de aquel desequilibrio caótico al  que lo había llevado. Largas noches sus amigos pasaron con él tomando, jugando una partida de truco y acompañándolo en calidad de plomos con sus recitales que ya comenzaban a trascender el barrio, el distrito y hasta las fronteras nacionales según lo contara luego el flaco Daniel.

Un día, al negro lo citaron del Sheraton hotel porque venía Frank Sinatra y esta fue la convocatoria más importante de su vida después de tantas giras por cabarets, bares anónimos y campos abiertos. Aquel Norteamericano de reconocida talla se presentaba en Buenos Aires, pero necesitaba un baterista talentoso. Quique daba con ese perfil. Sólo habría que asegurarle una buena prenda, que no tomara y finalmente, en la medida de lo posible, que  apuntaran  lo menos posible con las luces del escenario al sector de la batería.

Llegó el día. El negro había tomado lo necesario para no caer en el desequilibrio caótico al que estaba poco acostumbrado. El cuerpo de la batería lo esperaba en el Sheraton, él solo llevaría a gusto y “piacere” los platillos que hermanaban con su talento. Fue al lujoso Hotel dos horas antes del show acompañado de Cucaracha Sánchez para realizar la prueba de sonido. Arrimando a la recepción se encontró con que no lo dejaban pasar. A juzgar por su aspecto estaba claro para el personal que no podía ser el baterista de Sinatra, seguramente habría brotado de algún copetín de retiro donde la metamorfosis de su conciencia, producto del fermento alcohólico, abrió el falso hechizo de sentir que pertenecía a esa estirpe. Después de insistir unos veinte minutos intentando dar explicaciones de que era la persona indicada en el tiempo indicado, el negro (así lo confirmaría luego), tuvo el mayor momento de lucidez en su vida. Se relajó, los mandó al carajo entre otras cositas, montó sus platillos y retornó al barrio.

No se sabe qué paso con Sinatra, si el concierto se pudo hacer. El negro tampoco espero hasta el horario en que debía tocar para que dieran cuenta de su ausencia. Cuando retornaban en el tren San Martín, Cucaracha Sánchez, que hasta el momento no había hablado le pregunto:

-¿Negro, por qué hiciste eso? Era la oportunidad de tu vida. Cucaracha Sánchez conocía perfectamente la vida del negro, su historia de carencias, de pobreza pero también de dignidad. Solo que nunca pensó lo que iba a oír de su amigo entrañable.

Quique finalmente respondió: – Una infancia sin juguete, un baño sin calefón.

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