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El olvido que nos habita

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El año pasado tuve la oportunidad de estar en Bogotá, ciudad muy bella si las hay. La Candelaria, el centro más atractivo de esa ciudad es muy recorrido por los turistas del mundo, allí está plaza Bolívar que concentra varios edificios importantes como el capitolio y el palacio nacional de justicia entre otros. En aquella plaza pude escuchar a Jairo, un joven muy pobre que me contó algo, el encuentro con él significó mucho por lo que en otra oportunidad le dedicaré un apartado para que no caiga en el olvido. Cuando anochece, lo recomendable es volver al hospedaje, de manera que me tomé un taxi hasta el Fontibón, otra parte de la ciudad en la que para quienes no tienen mucho dinero, como es mi caso, pueden conseguir a buen precio un alojamiento aceptable. Tenía la reserva de un hotel 3 estrellas cuyo nombre no recuerdo, lo cierto es que al taxista y a mí claro, nos costó encontrar el lugar. En el recorrido me contó el hombre que era una zona de chochelaje, es decir, de puterío y otras cositas para los estratos más bajos de la población. Luego estando ahí, supe que el chochal es una zona prácticamente liberada y muy similar al profundo conurbano bonaerense. Una Quimera producto del desarrollo que la historia injusta le supo dar. Lo corroboré en primer lugar porque me sentía cómodo, los mismos paisajes a los que buenos aires nos tiene acostumbrados, las paradas en la esquina para tomar una cerveza, kioskos para comprar cigarrillos, carritos que largan ese hermoso aroma de pati que te abre el apetito y por supuesto alguna que otra pasada de la policía local para pedir su curro a los laburantes. En segundo lugar lo intuí porque pensé que en todas las ciudades y barrios de América Latina la cosa no puede ser tan diferente. Luego de parar en una esquina a comer y tomar algo me fui a descansar definitivamente al hotel. Al otro día ya debía partir hacia otro lugar.

Por la mañana deje el hotel, me fui directo a desayunar una rica tasa de leche caliente acompañada de un rico pan mientras veía a la gente pasar del otro lado del vidrio que nos separaba. Tengo que reconocer, no hay duda de que el colombiano promedio es muy cálido y receptivo. Claro que como ocurre en todas las metrópolis, las miradas, las charlas y los tratos poco a poco se van despersonalizando pero, estoy convencido de que en Colombia hay una resistencia especial a ese fenómeno.

Fui a tomar uno de los ramales que me llevaban a la candelaria nuevamente, de allí conectaba con otro bus para llegar al nuevo destino. Antes de subirme al siguiente viaje, fui a la farmacia que estaba a dos cuadras de la parada porque tenía que comprar ibuprofeno. Me encanta charlar con la gente, chusmear conversaciones de su cotidianeidad y apreciar grafitis y dibujos de las paredes, de alguien escuche o leí que estas también dicen. Sorprendentemente en una vistosa esquina me topé con un mural que decía “Ni futbol ni ciclismo, nuestro deporte nacional es el olvido”. Automáticamente le saqué una foto desde mi celular, aquella frase no solo me había llamado la atención sino que también me había interpelado hasta la médula. Pregunté rápidamente que significaba a la chica del carrito que vendía café y estaba al costado, casi a los pies del mural, pero no sabía de que se trataba. También empujado por la ansiedad y la curiosidad, pregunté a cuantos pasaban por ahí pero ninguno podía explicarme la causa del significado que aquel muro encerraba. Resignado finalmente fui a comprar lo que necesitaba en la farmacia y allí mientras esperaba pregunté a una joven de aquel mural por lo que la farmacéutica atenta a la pregunta intervino para despejar la duda que me tenía ya un poco obsesionado. Me contó que debía a la muerte del periodista  de Jaime Garzón, un polifacético personaje que se destacó como periodista, actor y humorista. Notable por sus mediaciones en casos de secuestros, activista de la paz, filoso contra políticos y funcionarios de la vida pública a través de su humor negro. Fue objetivo de los servicios de inteligencia, su muerte llegó a ser declarada como un crimen de lesa humanidad. Ya van 20 años de su muerte que conmocionó al pueblo colombiano.

Cada 24 de marzo en nuestro país nosotros marchamos por MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA, marchamos por esa oscura noche de nuestro pasado. No lo hacemos como punto de anclaje sino más bien como punto de referencia. Porque estamos convencidos que esa larga noche no debe repetirse. Miramos al futuro, el futuro de nuestro pasado que marcha, que se expresa, que no quiere censuras ni olvidos porque la amnesia y la anestesia son el mal de los pueblos que distorsionan el porvenir de sus pasados. Es cierto que muchos allá en Colombia no sabían de aquel muro en memoria de Garzón, pintoresco pero desapercibido y hasta quizás negado porque a veces es mejor no ver. Es cierto también que acá recibimos el bombardeo de pastillas para el olvido, la invitación permanente a la amnesia eterna y soporífera. También es cierto que muchas veces nosotros cedemos desde nuestra fragilidad a ese convite. Pero hay algo de todos debemos tener en claro, los hechos, la realidad y el pasado siempre encuentran sus válvulas de escape para salir a la luz porque no pueden ser tapados o como dice Mario Benedetti “El olvido está lleno de memoria”.

Pablo Moledo

1 Comentario

  1. Me encantó!!!!! Un relato que lleva a viajar ya pensar, a tomar conciencia sobre lo importante que es la memoria en el devenir de los pueblos. Gracias Pablo Moledo

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