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El desafío de repensar la escuela y la praxis docente

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Pensar la escuela hoy, es un gran desafío. En ella conviven elementos del pasado que siguen tan presentes como a finales del siglo XIX, elementos que la constituyen y la caracterizan a pesar de que el contexto ya no sea el mismo. Vale recordar, para nuestros lectores, que la escuela nace como un instrumento o herramienta de la modernidad para consagrar en ella el triunfo de la razón, el camino necesario para un orden indispensable en cuyo destino ineludible se encontraba el progreso. En este marco, la escuela asume la responsabilidad de educar e instruir a los futuros ciudadanos y ciudadanas de nuestro país.

Después de más de un siglo, nos encontramos con una escuela que en su estructura sigue siendo la misma, pensada en otro tiempo, para otra época, da las mismas respuestas a los mismos problemas. Sin embargo y a pesar de todo, la escuela sigue siendo el refugio de nuestros chicos y chicas, es ahí donde nos encontramos con esa realidad que muchas veces duele, que nos interpela y nos recuerda que la escuela no es ese espacio aséptico y sacrosanto, totalmente descontaminado del mundo exterior, todo lo contrario, es una caja de resonancia o una mirada en espejo de lo que somos.

En el actual contexto de la pandemia por el COVID-19, la escuela, y particularmente nuestras escuelas, con una historia y una identidad bien marcada deben acompañar a nuestros chicos y chicas, deben crear espacios de escucha, reconociendo en ellos la historicidad de esos rostros con nombres y apellidos de los cuales somos responsables. Son los rostros sufrientes de los descartados, de las familias que sufren el desempleo, la desigualdad y la violencia en todas sus formas. En este sentido somos nosotros, sus docentes, los que debemos hacer la diferencia, que el aislamiento no nos haga olvidar de dónde venimos, que no nos haga olvidar que el docente es el representante de una comunidad y que su sola presencia tiene un contenido político. La praxis docente de nuestros días nos invita a estar atentos a la realidad de nuestros barrios, a leer y analizar el contexto socioeconómico desde los zapatos de nuestros chicos y chicas para crear espacios de contención y acompañarlos desde la virtualidad, para no olvidar también que los contenidos no son más importantes que lo humano.

En consonancia con esto, propongo que la praxis docente parta desde la propia existencia del Otro, desde una ética de la sensibilidad como lo sostiene Emmanuel Lévinas, para poder “observar rostros y no caras”, nombres propios de personas que sufren y de los cuales no puedo escapar, porque me invitan a escuchar, a acompañar y a hacerme responsable del Otro, porque cuando más cuido de él, más cuido de mí mismo y en eso consiste la tarea del educador, en no solo dar, sino darse. Ser responsable del otro es abrir la educación hacia una reflexión crítica como acción socialmente comprometida.
Prof. Eduardo Acosta.
edusacostaa16@gmail.com

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