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Cantor

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Y me dices “mi cantor”.
Yo me digo que tal es tu grandeza
y que tal es tu amor por mi
que has confundido mi temeroso sigilo
con el arte de los trinos
y el murmullo de las aguas sonoras.

Ajeno al fluir silencioso de los arroyos lejanos,
ajeno al silbo cadencioso del viento en los altivos pinares,
señalado por el día que también me ofreces
vuelvo a oírte.

En medio de este cieno desolado y penitente
me pides que te cante.
Solo yo en medio de una calle rala
de un barrio que aún vaga errante
en la fronda abismal de sus días.

Mendigo de los cielos que exhalas
no esperaba del tiempo mas que su fluir raudo.
Pero vuelves a nombrarme, insistes,
pulsando aún mas mi latido agitado.

Mi cantor… mi cantor, murmuras evidente.
Yo, pendiente en mi mudez, me estremezco
deplorado lloro la angustia advirtiéndote
de mi ajado y raído cuerpo.

Apresadas surgen las lágrimas de mi voz.
Jamás podría cantarte en mi ánfora agrietada y seca.

Canta, canta reverbera tu voz de líquido amor

Es sobre mi hombro débil
donde rondan transidas y humanas mis lágrimas.

Allí apoyas tu mano de todos los siglos y todos los destinos
y me dices nuevamente gracias
gracias, por cantarme en la tarde que ha existido solo por tus lágrimas.

En la tarde tuya,
en las horas tuyas
en las ingentes eternidades tuyas
agradeces mis versos de signos desvaídos
y viejos abatimientos.

Pero me hablas y me ciñes a tu aliento.
Piel en mi piel ondeas melodioso
y me abrazas tiernamente cristalino.

Es al regazo de tu arrullo piadoso
cuando nítido puedo oírme.

Es entonces cuando en esta calle breve de oración basta,
vuelvo a oír la canción de mis sueños,
que ha regresado por mi
y me ha encontrado.

Mi voz es impulso y aire en el viento soleado
inquieto, desbordado por la blanca espuma de tu calma
puedo hablarte.
Y en la calle tuya,
en esta inexplorable inmediatez tuya,
verde venturoso
verde alborozado,
al fin puedo cantarte….

José Villalba

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