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Basta de años verdes. El necesario despertar de una sociedad.

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Mariano Kravchenco

Allá por los ´70, nuestro país vivió uno de los momentos más nefastos de su historia. A los argentinos les tocó vivir una época de represión, estar bajo el dominio de un gobierno impuesto, autoproclamado, ejercido a través de una política de terror y exterminio, como la que alguna vez se propagó por la Alemania nazi. Durante estos años, las Fuerzas Armadas ejercieron el poder y fueron responsables de la desaparición de miles de personas y de la implementación de una política económica neoliberal y antipopular. Al mismo tiempo prohibió a cientos de intelectuales, artistas y a sus obras calificadas como “subversivas” (término o consideración muy discutible). Se censuraron los medios de comunicación, canciones y libros.
En el año 1977, se prohibió la circulación de una serie de cuentos de Elsa Bornemann, los cuales formaban parte del libro: Un elefante ocupa mucho espacio. Particularmente quiero centrarme en un relato de ese libro: “El año verde”, el cual figura a continuación:

El año verde

Asomándose cada primero de enero desde la torre de su palacio, el poderoso rey saluda a su pueblo, reunido en la plaza mayor. Como desde la torre hasta la plaza median aproximadamente unos setecientos metros, el soberano no puede ver los pies descalzos de su gente.
Tampoco le es posible oír sus quejas (y esto no sucede a causa de la distancia, sino, simplemente porque es sordo…)
– ¡Buen año nuevo! ¡Que el cielo los colme de bendiciones! –grita entusiasmado, y todas las cabezas se elevan hacia el inalcanzable azul salpicado de nubecitas esperando inútilmente que caiga siquiera alguna de tales bendiciones…
– ¡El año verde serán todos felices! ¡Se los prometo! –agrega el rey antes de desaparecer hasta el primero de enero siguiente.
–El año verde… –repiten por lo bajo los habitantes de ese pueblo antes de regresar hacia sus casas
– El año verde
Pero cada año nuevo llega con el rojo de los fuegos artificiales disparados desde la torre del palacio… con el azul de las telas que se bordan para renovar las tres mil cortinas de sus ventanas… con el blanco de los armiños que se crían para confeccionar las puntosas capas del rey… con el negro de los cueros que se curten para fabricar sus doscientos pares de zapatos… con el amarillo de las espigas que los campesinos siembran para amasar –más tarde – panes que nunca comerán…
Cada año nuevo llega con los mismos colores de siempre. Pero ninguno es totalmente verde… Y los pies continúan descalzos… Y el rey sordo.
Hasta que, en la última semana de cierto diciembre, un muchacho toma una lata de pintura verde y una brocha. Primero pinta el frente de su casa, después sigue con la pared del vecino, estirando el color hasta que tiñe todas las paredes de su cuadra, y la vereda, y los cordones, y la zanja… Finalmente; hunde su cabeza en otra lata y allá va, con sus cabellos verdes alborotando las calles del pueblo:
– ¡El aire ya huele a verde! ¡Si todos juntos lo soñamos, si lo queremos, el año verde será el próximo!
Y el pueblo entero, como si de pronto un fuerte viento lo empujara en apretada hojarasca, sale a pintar hasta el último rincón. Y en hojarasca verde se dirige luego a la plaza mayor, festejando la llegada del año verde. Y corren con sus brochas empapadas para pintar el palacio por fuera y por dentro. Y por dentro está el rey, que también es totalmente teñido. Y por dentro están los tambores de la guardia real, que por primera vez baten alegremente anunciando la llegada del año verde.
– ¡Que llegó para quedarse! –gritan todos a coro, mientras el rey escapa hacia un descolorido país lejano.
Ese mes de enero llueve torrencialmente. La lluvia destiñe al pueblo y todo el verde cae al río y se lo lleva el mar, acaso para teñir otras costas… Pero ellos ya saben que ninguna lluvia será tan poderosa como para despintar el verde de sus corazones, definitivamente verdes. Bien verdes, como los años que –todos juntos—han de construir día por día.
¿Por qué me interesó este relato?
Porque desde mi punto de vista representa una situación muy cercana a la de la sociedad argentina. Algunos/as lectores/as , con conciencia social, al leer este cuento se habrán sentido representados por los personajes o tal vez no. Quizás sintieron que algún amigo, familiar o conocido sí lo estaba. Y puede ser. O simplemente no encontraron en el relato nada cercano a nuestra realidad social de hoy en día, la que vive el argentino común y corriente, el obrero, el laburante.
Hay dos personajes de esta narración que merecen toda la atención. El rey que no escucha a su pueblo, mientras goza de todos los privilegios posibles gracias a los ciudadanos que lo conforman y se llena la boca prometiendo cosas (aquí se me vienen a la mente algunas frases muy escuchadas últimamente en la Argentina de hoy en día: “lluvia de inversiones”, “se crearon 700.000 puestos de trabajo”, “lo peor ya pasó”, entre otras). Y el muchacho que se rebela ante las promesas incumplidas de su mandatario, tomando la brocha y la pintura verde, para cambiar el color de todo aquello que se presentaba a su paso. Provocando incluso la reacción del resto, lo cual genera que el rey escape o termine su mandato.
Por otra parte, merece una mención particular otro tipo de personajes, el de las demás personas del pueblo, que agachan la cabeza y repiten las palabras de su gobernante.
Entonces, ¿Cuál es el propósito de estas líneas? Que el ciudadano argentino que hoy vive en democracia y tiene la suerte de votar, y en consecuencia, elegir quien lo represente políticamente hablando, reflexione. Y a la hora de depositar su voto en las urnas, elija con cuál de estos personajes se quiere identificar. Y que elija, porque tiene el poder de hacerlo, si quiere vivir más promesas de años verdes o no. O si realmente quiere actuar para modificar su realidad.

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