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Amor… del que te quita la respiración!

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Me acerqué a la cama lentamente. La hija mayor de la paciente había entrado a despedirse. No quería molestarlas. Las dos estaban en silencio. Julia no hablaba desde hacia días y su hija había perdido la voz tras un copioso llanto. Ya no hacia falta que se dijeran nada. Llegué justo para contemplar un momento que quedará guardado en mi corazón por siempre.

El amor de aquel corazón despertó al débil corazón que yacía en cama. Entonces julia giró su cabeza y entre abriendo los ojos miró a su hija x ultima vez. Los ojos de ambas se achinaron de amor. Eran cómplices de una vida vivida a lo grande. Habían sido socias en la aventura de amarse sin reservas. Esos ojos que educaron, que atendieron, que se enjugaron tantas veces, se posaban ahora cansados, por ultima vez, en la mirada de alguien cuyos ojos recordaban a los de su madre. Tan vivaces y luminosos como aquellos, seguían buscando refugio en la presencia solida y firme de aquel amor.

Fue la despedida muda mas elocuente que presencié en mi vida. Los ojos de Julia se cerraron en paz. Y los de su hija rebalsaron en un llanto profuso. Fue un hasta siempre tranquilo, agradecido, sereno y tenso a la vez. La hija lloraba con orgullo, con ese orgullo que porta aquel que se supo ser amado.

Muchas veces he escuchado decir “por este paciente ya no hay nada que hacer”… ¡¿cómo que no hay nada que hacer?! Aun hay mucho trabajo! Aun se puede evitar el sufrimiento, calmar el dolor, poner los medios para que tenga una muerte digna, gestionar un ultimo adiós, encargarse de que reciba la unción de los enfermos… porque todo paciente necesita encontrar en su médico, antes que un científico que lo diagnostique, a otro ser humano que lo contenga.

Anónimo

 

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